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Sindicatos atrapados en los sindicatos

31.05.2013

CCOO y UGT son sindicatos CT, organizaciones de trabajadores que aprendieron a moverse desde la Transición en un tablero que ellas mismas estrenaban. El tablero, definido por los Pactos de la Moncloa, y más tarde por la Constitución, consistía en algunos de los derechos sociales y laborales que el resto de países de Europa disfrutaba desde después de la Segunda Guerra Mundial: derecho a huelga, negociación colectiva, derecho a readmisión, limitación del despido libre, libertad de expresión, derecho de reunión, pensión de jubilación, educación pública… A cambio, claro, nos tragaríamos sapos como el de la banderita, el del bipartidismo, el de los cuatrocientos cerrojos a los independentismoso el de no tocar dos soberanías: la del Borbón y la del Mercado.

Sobre este tablero, con sus más y sus menos, los sindicatos podían cumplir su función con cierto margen, aunque la llegada casi simultánea del neoliberalismo con Thatcher y Reagan, a finales de los 70 y principios de los 80, llevó a los sindicatos hacia posiciones más defensivas. Si la Historia hubiera tomado otro camino, quizás hoy estaríamos discutiendo si, gracias al aumento de la productividad, avanzamos la jubilación a los 60 o a los 62, y no si la subimos a los 67 o a los 70; o cuánto vale el voto de un trabajador en las elecciones a su junta directiva, y no cuánto se le indemniza por un ERE que permita a los accionistas cobrar más dividendos.

Pero la Historia ha ido por otros derroteros. Y si bien nueve huelgas generales han puesto algún palo en las ruedas del neoliberalismo hacia la liberación (léase precarización) del “mercado laboral”, no han impedido que la rueda haya seguido avanzando. Y desde el inicio de las crisis de 2007, la rueda avanza tan rápido que ya pocos palos nos sirven.

En una charla hace dos años, Juan Carlos Gallego, secretario de CCOO de Catalunya, justificaba su última bajada de pantalones por la falta de movilización: “Cuando estoy sentado en la mesa de negociación, tengo que sentir vuestro aliento en mi nuca”, decía. Y tenía razón. Veníamos de una huelga floja contra las reformas de Zapatero, la del 29-S, y no parecía que el movimiento obrero estuviera en condiciones de ponerse gallito. Por eso la crítica no venía tanto por la negociación sino por la firma. La firma es la oficialización del acuerdo alcanzado y por lo tanto del fin del conflicto. Con su firma, CCOO y UGT nos decían “no se puede pedir más” (o “no nos pueden robar menos”) y nos pedían abandonar la lucha en un momento en el que la lucha, en realidad, sólo acababa de empezar.

Y así fue. La cosa se fue calentando y cada vez más sectores empezaron a organizarse para plantar cara: profesores, médicos, AMPAs, funcionarios, jueces, estudiantes, jubilados, iaoflautas, PAHs y el 15M como trasfondo, catalizador de una politización acelerada de sectores hasta entonces durmientes que descubrieron – y mientras lo descubrían, lo seguían creando– un espacio de lucha en el que se sentían cómodos. Basándonos en el contacto directo, en las reivindicaciones que han calado, en las encuestas y en la intención de voto, si tuviéramos que resumir en una frase lo que todos estos sectores reivindican, diríamos lo que Montalbán en la cocina: “Por la caída del Regimen”. Y por su lado, autistas, CCOO y UGT invitan a sus congresos al presidente de la Patronal y proponen un “Pacto de Estado”. Hay muchos tipos de esquiroles.

CCOO y UGT están estructurados orgánica y mentalmente para un mundo fordista. Y lo que es peor: lo niegan. Las intervenciones de dos de sus cuadros en el reciente debate en La Tuerka [ver vídeo más abajo] es una muestra de cómo tenemos el patio.

Hay una cosa que es el hábitat natural de la vida pública del individuo. Es ese espacio donde se socializa con los demás. En estos espacios, los individuos establecen lazos, comparten problemas comunes y, en última instancia, se organizan para conseguir una solución colectiva. Las clases altas tienen los clubs de hípica o las fiestas privadas. Los trabajadores tienen las fábricas, los talleres y las oficinas. Una fábrica con trabajadores que permanecen en ella decenas de años se convierte en una comunidad de trabajadores con vínculos estables que generan confianza, afecto, e intercambio de opiniones sobre la situación laboral compartida. Entre empresas, la similitud de condiciones laborales y de vida permitía el reconocimiento fácil de intereses comunes que facilitaba la coordinación de las luchas y reivindicaciones. La fábrica, decía Bauman, era el espacio de la lucha de clases.

Hoy, en España, tenemos un 27% de paro y un 50% de paro juvenil. Eso significa que por lo menos la mitad de los jóvenes no son organizables en torno a su puesto de trabajo. Y a los que tienen trabajo cada vez les dura menos. Tras 10 años de trabajo, un joven ya ha firmado más contratos que su padre en toda su vida laboral. La precariedad impide que nos organicemos sindicalmente de la misma manera que lo hacían nuestros padres porque el cambio frecuente de trabajo imposibilita la creación de lazos y la ausencia de un espacio de lucha.

Pero imaginemos que tenemos a un verdadero adalid de la lucha obrera; imaginemos que es joven, precario y subcontratado, con un contrato de 6 meses para trabajar en la empresa “cliente”. Dado que en realidad el está contratado por la subcontrata (o ETT), la ley le impide participar o votar en el comité de empresa. Podría organizarse en su subcontrata, pero apenas conoce a sus compañeros, si es que los vió alguna vez ya que estos están, a su vez, en otras empresas “cliente”.

Para las subespecies humanas conocidas como “autónomos” y “falsos autónomos” la cosa se complica aún más. Para ellos, la relación con el patrón se enmascara en una relación cliente-proveedor, dinamitando cualquier posibilidad de reivindicación sindical clásica. Aunque para el neoliberalismo y para Risto Mejide los autónomos representan la encarnación de la Idea, el proto-Dios, el ser humano en su estadio más evolucionado.

Concluyendo: ¿qué tipo de sindicato necesitamos hoy? Me quedo con las palabras de Juan Carlos Monedero:

Hay nuevas realidades laborales que los sindicatos no saben enfrentar (y que, objetivamente, no son fáciles de enfrentar). El “precariado”, situación en la que se encuentran una mayoría de jovenes, choca con el obrero “fordista” (el de los tiempos del pleno empleo, derechos laborales y derechos sociales emanados del derecho al trabajo). ¿Es necesario abandonar a unos para defender a otros? Nada hay peor para los trabajadores como clase que exacerbar ese enfrentamiento. Los sindicatos necesitan ir más allá de la realidad laboral, porque la explotación toma otros contornos. ¿O no es también explotación perder la casa? ¿No tiene nada que decir ahí un sindicato de clase? Cuando los desempleados del Reino de España se vean representados sindicalmente será una señal de que han encontrado un rumbo virtuoso.

En definitiva: necesitamos un sindicato que salga del sindicato.