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Confesiones de un gangster económico

31.08.2010

Decía Bertrand Russell en sus Ensayos Impopulares -libro no especialmente recomendado- que solo si estás muy muy muy seguro de que tu tesis es cierta, entonces cualquier acto que cometas bajo su amparo estará moralmente justificado. Y cito al conde:

Si la escatología de Marx es cierta y en cuanto el capitalismo privado haya sido abolido seremos felices por siempre jamás, entonces está bien perseguir ese fin por medio de dictaduras, campos de concentración y guerras mundiales; pero si el fin es dudoso o no es seguro que se alcance con esos medios, entonces la desdicha actual se convierte en un irresistible argumento contra tan drásticos métodos. Si tuviésemos la seguridad de que sin los judíos el mundo sería un paraíso, no podría presentarse una objeción válida contra Auschwitz; pero si es mucho más probable que el mundo que surgiese de tales métodos fuese un infierno, entonces podemos dar vía libre a nuestra natural repugnancia humanitaria contra la crueldad.

Puesto que, en términos generales, las consecuencias distantes de las acciones son más inciertas que las consecuencias inmediatas, pocas veces resulta justificable embarcarse en política alguna con el pretexto de que, aunque perjudicial en el momento, resultará beneficiosa a la larga. Este principio, como en todos los otros sostenidos por los empíricos, no debe ser sostenido absolutamente; hay casos en que las consecuencias futuras de una política son bastante ciertas y sumamente desagradables, en tanto que las consecuencias actuales de otra, aunque no agradables, son fácilmente soportables.

Se me ocurren unos cuantos ejemplos que no quebrantarían la lógica Russelliana, pues sabemos con seguridad que nos acercarían, al menos durante un tiempo, a la emancipación humana. Entre ellos la desaparición de ciertas organizaciones y grupos de personas como los consejos de dirección de las United Fruit Company y las Halliburton del momento, y toda la cadena de transmisión de proxenetas que pasa por bancos mundiales y agencias de seguridad hasta llegar a los llamados gángsters económicos, como el arrepentido de este vídeo.

Los gángsteres económicos (Economic Hit Men, EHM) son profesionales generosamente pagados que estafan billones de dólares a países de todo el mundo. Canalizan el dinero del Banco Mundial, de la Agencia Internacional para el Desarrollo (USAID) y de otras organizaciones internacionales de ‘ayuda’ hacia las arcas de las grandes corporaciones y los bolsillos del puñado de familias ricas que controlan los recursos naturales del planeta. Entre sus instrumentos figuran los dictámenes financieros fraudulentos, las elecciones amañadas, los sobornos, las extorsiones, las trampas sexuales y el asesinato. Ese juego es tan antiguo como los imperios, pero adquiere nuevas y terroríficas dimensiones en nuestra era de la globalización. Yo lo sé bien, porque yo he sido un gángster económico.

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